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El dirigente socialista Felipe González nos riñe porque no soporta el pesimismo de los españoles. Unas veces dice que el estado de ánimo de sus conciudadanos es muy «deprimente», otras que es «muy malo» para las instituciones. Esas en las que él y los suyos vegetan. Se preocupa por los jóvenes en paro, otro drama nacional. Pero ¿Y los profesionales en desempleo? ¿Y los padres de familia? Con 71 años a cuestas, el abuelo Felipe tiene el riñón bien cubierto. Dice que no trabaja para multinacionales, de las que ha tenido mil ofertas, prefiere asesorar al multimillonario Carlos Slim. Estaría bien comprobar en qué podría trabajar por primera vez en su vida en algo no dependiente del Estado y con alto caché.

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Es la descarada sordera y caradura de la opulencia. Si uno se pasea por la calle sin escolta y oye testimonios de la degradación de la clase media empobrecida abruptamente, se le cae el alma a los pies. Y si percibe a la casta de la partitocracia poner cara de paisaje y disimular como si nada fuera con ella (cuando sus abultados sueldos y gastos los pagamos nosotros) solo puede aflorar el desánimo o la ira.

No son fabulaciones ni pesadillas, la estadística comienza a vislumbrar lo que está ocurriendo. Una web ha comparado los datos del paro por autonomías con los de los países del Tercer Mundo. Estamos igual que ellos o peor. España ya es Tercer Mundo, algo que ya sabíamos por el humorista que nos bautizó como «Españistán» pero que tiene muy poca gracia cuando le afecta a familiares directos o amigos cercanos con familias a su cargo.

No vivimos ya en Madrid, Andalucía, Galicia o Cantabria. Lo hacemos en Gabón, Georgia, Macedonia, Mauritania o Gaza. El escenario es el mismo: los centros de las grandes ciudades mantienen sus escaparates para el turismo, aunque las tiendas están vacías e imposibles para los nacionales.

En este contexto, me ha parecido visualmente muy eficaz el mensaje de Anonymus, y aún más sus palabras. Pueden parecer inquietantes, pero en el fondo a muchos de los que lo vimos en 13TV irrumpiendo por sorpresa se nos iluminó un rayo de esperanza. Estos chicos jóvenes y bien preparados no se van a cruzar de brazos como a los demás, miembros de una sociedad dócily paciente cuya segunda naturaleza parece consistir en doblegarse ante el poderoso. Y tremendamente desorganizada civilmente, claro. Ya se ha encargado la casta de suprimir el libre pensamiento y la discrepancia aboliendo el mérito y el prestigio en la escala de valores mediática, política y universitaria. Aquí las obviedades económicas se han convertido en anatemas, como dice este manifiesto que circula por internet:

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También he podido ver en Meneame (si no fuera por esta web, cuantas noticias quedarían ocultas, por eso es conveniente enlazar estas que ahora leen) el vídeo de Xosé Manuel Beirás, que no pudo aguantar más los insultos de su presidente Feijoo, el amigo del narco que mintió además públicamente para ocultarlo. Quitarse la chaqueta como hizo el diputado de Compromís es un gesto, pero si uno es consciente del enorme sufrimiento que existe en la calle y pretende representarlo, no puede aguantar ni una sola palabra que responda además con el desprecio desde el poder. Vale que se lo lleven, que hagan como que no oyen ni ven nada, que no hagan nada. Pero insultar a las víctimas como han hecho Iturgaiz o Feijoo desde sus cómodos y millonarios sueldos que les pagamos todos, eso ya me parece indecente. La esperanza es que cada vez más surgen funcionarios y ex-políticos que se pasan al bando de la decencia. Tras los casos de Extremadura, Boadilla, Majadahonda o el Ministerio de Asuntos Exteriores, ahora ha surgido otro en Pozuelo de Alarcón. Solo el grano de arena que supone la valentía de las personas honradas puede salvarnos.


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