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Cuando cogí el metro de la Ciudad Universitaria a las 16.45 con rumbo a Sol, supe de inmediato que la protesta del 25-A estaba abocada al fracaso. Cientos no, sino miles de estudiantes salían de la bocana del tren con rostros festivos y bolsas en las manos. ¿Que llevaban? No eran bengalas, ni cócteles molotov, ni gasolina… Eran botellas, sí. Pero con refrescos y alcohol, los célebres botellones españoles, porque en la Universidad, como los diputados, hay «macropuente» hasta el día 7 de mayo. Y los estudiantes adelantaron el tradicional botellón de los viernes al jueves. Un megáfono allí hubiese sido más eficaz que en la Plaza de Neptuno.

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Para colmo, huelga en el metro, entre las 17.30 y las 19.30. Los paros del comité de empresa tampoco habían reparado en el «Asedio al Congreso». Daba igual: a las 17.00 horas no había ningún manifestante en la céntrica plaza madrileña. Pasé a las 17,30 y habría unas 50/80 personas. La cita tampoco estuvo muy bien difundida, se daban dos horarios distintos (17.00 y 17.30), mientras que tuve que enterarme por la delegada Cristina Cifuentes de que en realidad era a las 18.00 en Neptuno. Lo que pasó después lo han reflejado los medios.

Pasé hasta tres controles de seguridad para llegar a Sol. Furgonas apostadas en todas las calles adyacentes. Los numerosos turistas alucinaban con tanto despliegue. Ni con Franco. Los datos ya los saben: 1400 antidisturbios para 1200 manifestantes y 120.000 euros de gasto en dietas policiales. Exagerado temor de sus señorías. Y siempre la factura la pagamos los mismos.

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¿Por qué fracasó el 25-A? Obviamente no fue inclusivo, a pesar de que se autocalificaron así. Tampoco pudieron evitar la violencia, como se temían los que se descolgaron. Pero aunque ahora les lluevan las críticas a los organizadores, lo cierto es que son los mismos que organizaron el 25-S y del que también otros muchos se descolgaron. Y entonces sí fue un éxito.

No me sumaré pues a los que hagan leña del árbol caído. Si creo que el error fue no haber sido más inclusivos (dialogar hasta la extenuación, sumar y no restar) y no haber sido pacíficos (el 95% de la gente es pacífica). Pero claro, yo los definí como los desesperados entre los desesperados. Han sido fichados, multados, prohibidos, perseguidos y encarcelados. Son la máxima expresión del malestar social y de la urgencia por expresarlo.

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Es difícil en una situación tan extremadamente convulsiva como la de España, con un paro tan descomunal, una casta política y sindical tan sorda y cruel y una ausencia absoluta de alternativa civil organizada (las Mareas siguen mareando la perdiz, ahora con un «plebiscito» de no se sabe aún qué), impedir el desorden de los más acuciados. No seré yo quien tire la primera piedra contra ellos ni contra la policía ni contra nadie. O la alternativa es pacífica o no será. Y solo así la policía (que está también muy quemada) podrá algún día darse la vuelta y dirigir sus pasos en sentido contrario. Gene Sharp propone incluso que las manifestaciones las encabecen mujeres y ancianos y solo detrás los hombres más fuertes y más quemados con los cordones de seguridad propios. Eso exige organización, inclusión y disciplina. Lo que faltó el 25-A.


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